La ansiedad no quiere destruirte.

Solo está intentando protegerte.

Laura Ágreda García

6/30/2026

Hay algo que suele ocurrir cuando la ansiedad aparece: empezamos una lucha contra ella. Queremos que desaparezca cuanto antes y para ello buscamos técnicas para controlarla, intentamos dejar de sentirla y, muchas veces (he visto en consulta), acudimos a terapia con una única petición: "quiero que me quites la ansiedad."

Es comprensible, ya que la ansiedad incomoda, limita, asusta y, en ocasiones, llega a hacerte sentir que has perdido el control de tu propia vida. Pero ¿y si antes de intentar eliminarla nos hiciéramos una pregunta diferente? Me gustaría con este artículo que como lector, puedas terminar esta lectura pensando: “nadie me había explicado la ansiedad así”.

¿Qué está intentando hacer por mí la ansiedad?

Quizá esta pregunta cambie por completo la forma en la que empiezas a relacionarte contigo.

A lo largo de nuestra vida vamos desarrollando distintas maneras de adaptarnos a lo que vivimos. Hay una parte que se me exige comportarme de una manera “adecuada”, otra que cuida de los demás, otra que intenta agradar y no ser rechazado, otra que se enfada para poner límites… Y, en muchas personas, aparece también una parte que vive en constante alerta.

Ninguna de estas partes de nosotros mismos surge porque sí y ni mucho menos, aparecen como aparece una enfermedad, pues no son un error del cerebro ni algo que haya que “curar” de nosotros. Son respuestas que nuestro sistema ha ido construyendo para intentar protegernos de experiencias que, en algún momento de nuestra historia, fueron difíciles de sostener. Por eso, cuando hablamos de ansiedad, me gusta pensar menos en un enemigo y más en una parte protectora. Una parte que, aunque hoy resulte agotadora, probablemente un día hizo exactamente aquello para lo que fue creada: ayudarte a sobrevivir emocionalmente.

El error de luchar contra ella

Imagina que una persona intenta advertirte constantemente de un peligro. Cada vez que habla, tú la mandas callar, la ignoras, la criticas, le dices que sobra. ¿Qué crees que hará? Probablemente levantará todavía más la voz. Con la ansiedad ocurre algo parecido, cuanto más tratamos de expulsarla, controlarla o hacer como si no existiera, más fuerza parece cobrar. Esto no sucede porque quiera hacernos daño, sino porque interpreta que el peligro continúa y necesita insistir.

¿De qué intenta protegerte?

Como cada historia es diferente, sería precipitado dar una respuesta cerrada y única a esto, pero vamos a plantear diferentes posibilidades, las más comunes. En algunas personas, esa parte ansiosa intenta evitar el rechazo, en otras, protege del miedo a equivocarse, a veces intenta impedir que alguien vuelva a sentirse humillado, juzgado, abandonado o insuficiente. Y, otras veces protege una autoestima muy castigada, evitando situaciones en las que la persona cree que podría fracasar o perder la imagen que tiene de sí misma.

Como he dicho, no significa que esa sea siempre la función de la ansiedad. Pero sí merece la pena preguntarse qué pasaría si dejáramos de estar en alerta. Porque muchas veces descubrimos que la ansiedad no teme un peligro físico, teme que volvamos a sentir un dolor que ya conocimos.

La parte vulnerable que quedó en silencio

Cuando una estrategia protectora (p.e. evitar ser abandonado y comportarnos de forma muy complaciente) funciona durante mucho tiempo, suele ocurrir algo. La parte vulnerable (la que necesita afecto, aceptación y seguridad) deja de tener espacio.

Por ello, aprendemos a controlar, a demostrar, a aparentar que podemos con todo, mientras esa parte vulnerable, que necesita cuidado, atención y compasión, queda escondida (pero no desaparece). Cuando nuestro sistema no puede sostener más tiempo esa dinámica, ocurre algo clave, y es que aparecen los síntomas de ansiedad, como una forma valiosa de decirnos: “necesito que mires aquí”.

Entonces... ¿por qué mi cuerpo reacciona de esta manera?

La ansiedad es una respuesta completamente natural de nuestro organismo. Cuando el cerebro interpreta que existe una amenaza, activa un sistema de supervivencia diseñado para prepararnos para luchar o huir. Por eso: aumenta la respiración, el corazón late más rápido, los músculos se tensan, la sangre se dirige hacia las extremidades para prepararnos para actuar.

Es exactamente la misma respuesta que tendría tu cuerpo si un león apareciera delante de ti. La diferencia es que, en muchas ocasiones, el peligro no está fuera. Está en lo que nuestro sistema interpreta que podría ocurrir (siguiendo el ejemplo: que me quede solo, que nadie me quiera o quizá volver a sentir un dolor que una vez fue demasiado grande).

Para el cerebro, esa amenaza puede resultar tan importante como cualquier peligro físico y por eso el cuerpo responde de la misma manera.

No necesitas destruir esa parte

¡No! Aunque lo creas, no lo necesitas. Muchas de las partes protectoras que hoy nos hacen sufrir nacieron intentando ayudarnos. Su problema no es la intención, es que siguen utilizando estrategias que fueron útiles en otro momento de nuestra vida, pero que hoy ya no encajan con la realidad.

Por eso, nuestro objetivo será comprenderlas, escuchar qué intentan conseguir, entender por qué aparecieron y enseñarles, poco a poco, que ya no necesitan protegernos de la única manera que conocen. Porque las partes no cambian cuando las atacamos. Cambian cuando dejan de sentirse solas.

Quizá la ansiedad no sea la enemiga que lleva años intentando arruinar tu vida. Quizá sea una protectora agotada, que sigue haciendo su trabajo con las herramientas que aprendió hace mucho tiempo.

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